Tu hijo o tu hija de repente no puede respirar, le late el corazón a mil, dice que se está mareando o que siente que le va a pasar algo malo. Dura unos minutos eternos y luego se calma, pero a ti se te queda el susto en el cuerpo y la pregunta dando vueltas: ¿qué ha sido eso? Si lo has vivido, queremos decirte algo de entrada para que respires un poco: los ataques de pánico no son peligrosos y son más frecuentes de lo que parece en la adolescencia. Asustan muchísimo, sí, pero se pueden entender, gestionar y superar.
Qué es un ataque de pánico
Un ataque de pánico es una respuesta de alarma del cuerpo que se dispara de forma brusca e intensa, muchas veces sin un peligro real delante. Es el mismo mecanismo que nos salvaría si tuviéramos que huir de una amenaza (el corazón se acelera, la respiración se agita, los músculos se tensan), solo que se activa en un momento en el que no hace falta. Por eso resulta tan desconcertante: el chico o la chica siente síntomas físicos muy fuertes sin entender por qué.
Suele alcanzar su punto máximo en pocos minutos y después baja poco a poco. Aunque la sensación sea de que «algo grave está pasando», el cuerpo no está en peligro: está haciendo, de forma exagerada, algo para lo que está perfectamente preparado. Entender esto ya es parte del tratamiento, y es la base sobre la que se trabaja en la terapia para adolescentes.
Un ataque de pánico es una falsa alarma del cuerpo: muy intensa y muy real al sentirla, pero no peligrosa.
Cómo reconocer un ataque de pánico en tu hijo o hija
Los ataques de pánico se viven sobre todo en el cuerpo, y por eso muchas veces se confunden con un problema físico. Conocer las señales más habituales te ayudará a identificarlos y a no asustarte de más cuando ocurran. Estos son los síntomas que aparecen con más frecuencia:
- Palpitaciones o sensación de que el corazón se acelera o se sale del pecho.
- Falta de aire, ahogo o sensación de no poder respirar bien.
- Mareo, inestabilidad, sudoración, temblores o escalofríos.
- Opresión o dolor en el pecho, náuseas o molestias en el estómago.
- Sensación de irrealidad, de estar fuera de su cuerpo o de perder el control.
- Miedo intenso, a veces a «volverse loco», a desmayarse o a que le pase algo grave.
La primera vez que ocurre, conviene descartar causas médicas con vuestro pediatra o médico de cabecera, sobre todo si hay síntomas físicos llamativos. Una vez descartado lo orgánico, si los episodios se repiten, lo más probable es que estemos ante ataques de pánico y sea el momento de mirar qué los está sosteniendo.
Saber reconocer los síntomas os quita miedo a los dos: lo que se entiende, asusta menos.
Por qué aparecen en la adolescencia
La adolescencia es una etapa de cambios enormes en muy poco tiempo: el cuerpo cambia, el cerebro está en plena maduración, las emociones se viven con más intensidad y la presión del entorno se dispara. Los estudios, las redes sociales, el grupo de amigos, la imagen, las primeras decepciones… todo se siente a flor de piel. En ese contexto, no es raro que la ansiedad se acumule y termine saliendo en forma de ataques de pánico.
A veces hay un detonante claro (un examen, un conflicto, una experiencia desagradable) y otras veces no se identifica ninguno, lo cual también es normal. Lo que suele pasar después es clave: tras el primer episodio, aparece el miedo a que vuelva a ocurrir. Ese «miedo al miedo» hace que el adolescente esté más en alerta, y esa vigilancia constante es precisamente lo que mantiene y alimenta los ataques. Romper ese círculo es uno de los objetivos del trabajo terapéutico.
Muchas veces el problema no es solo el ataque, sino el miedo a que vuelva. Ahí es donde más podemos ayudar.
Qué hacer durante un ataque de pánico
Cuando tu hijo o tu hija está en pleno ataque, tu calma es su mejor ancla. No necesitas hacer nada espectacular; necesitas transmitir seguridad y acompañar. Estas pautas pueden ayudarte en el momento:
- Quédate con él o ella y habla con voz tranquila. Tu serenidad le regula más que cualquier explicación.
- Recuérdale que va a pasar: «esto es un ataque de pánico, es muy desagradable pero no es peligroso y se va a ir bajando».
- Ayúdale a respirar despacio, alargando la exhalación. Podéis respirar juntos para que te siga el ritmo.
- No le agobies a preguntas ni le exijas que se calme: dale espacio y tiempo.
- Cuando pase, valida lo vivido sin dramatizar y sin quitarle importancia: ha pasado miedo de verdad.
Después del episodio, evita convertirlo en el centro de todo, pero tampoco hagas como si no hubiera pasado. Un «estoy aquí y lo vamos a entender juntos» le da la seguridad de que no está solo con esto.
En mitad de un ataque, tu hijo no necesita que lo arregles: necesita que estés tranquilo a su lado.
Qué conviene evitar
Con toda la buena intención, a veces hacemos cosas que sin querer refuerzan el problema. Decir «no es nada», «exageras» o «respira y ya está» suele dejar al adolescente más solo e incomprendido, porque para él lo que siente es muy real. Quitarle importancia no le calma; le hace pensar que no debería sentirse así, y eso añade culpa al miedo.
Tampoco ayuda el extremo contrario: alarmarse mucho, ir corriendo a urgencias cada vez o permitir que evite todas las situaciones que le dan miedo. La evitación da alivio inmediato, pero a la larga hace el mundo más pequeño y refuerza la idea de que esos lugares o momentos son peligrosos. El equilibrio (acompañar sin sobreproteger) es justo lo que se aprende con ayuda profesional.
Ni minimizar ni dramatizar: acompañar. Evitar lo que da miedo alivia hoy, pero agranda el miedo mañana.
Cómo ayuda la terapia y cuándo pedir ayuda
Si los ataques de pánico se repiten, si tu hijo o tu hija empieza a evitar planes, clases o situaciones por miedo a que vuelvan, o si notas que vive con miedo y en tensión constante, es el momento de pedir ayuda. La buena noticia es que los ataques de pánico tienen muy buen pronóstico: con el acompañamiento adecuado, se aprenden a manejar y desaparecen. Cuanto antes se trabajan, menos se enquista la ansiedad que hay debajo.
En terapia ayudamos al adolescente a entender qué le pasa, a perderle el miedo a las sensaciones y a contar con herramientas para regularse cuando la alarma se dispara. Y os acompañamos también a vosotros, porque vuestro papel como familia es parte importante de la solución. Si por horarios o por comodidad os encaja mejor, también ofrecemos terapia online, con la misma cercanía que en consulta.
Los ataques de pánico se superan. Con las herramientas adecuadas, tu hijo puede volver a sentirse seguro.
Si estás preocupada o preocupado, queremos que te quedes con esta idea: que tu hijo o tu hija tenga ataques de pánico no significa que algo esté roto, ni en él ni en vosotros como familia. Es una señal de que algo necesita atención, y atenderlo a tiempo cambia mucho las cosas. No tenéis que entenderlo ni resolverlo solos. Cuando queráis, podéis escribirnos y lo vemos juntos, con calma y a vuestro ritmo.


